Daniel «Tractorcito» Cabrera, de 64 años, con ocho tatuajes y padre de ocho hijos, es uno de los asaltantes de bancos y blindados más notorios en la historia criminal argentina. Comenzó su vida delictiva a los ocho años, cuando robó un pedazo de pizza. Se ha fugado de tres comisarías, de la cárcel de Devoto disfrazado de abogado y del Departamento Central de la Policía Federal.

Cabrera se define abiertamente como ladrón, sin tapujos aunque rara vez lo admite ante la justicia. Su figura ha sido, en ocasiones, romantizada como la de «un malandra con códigos». Su máxima es: «nunca maté, nunca secuestré, nunca violé». Sin embargo, en los últimos meses ha enfrentado una acusación que lo inquieta profundamente: se le imputa abuso sexual, algo que considera “intolerable”.
En diálogo con Clarín desde la Unidad 61 de Melchor Romero, donde se encuentra detenido desde el 18 de diciembre pasado tras un robo ocurrido el 2 de octubre en una casa de Las Catonas, Moreno, Cabrera niega categóricamente la acusación de abuso sexual formulada por una mujer que se encontraba en el lugar. “La mujer que me acusa de abuso es la que entregó el robo”, sostiene.
Detenido en una vivienda de Pilar, se encontraron chalecos policiales, insignias de la Policía Federal Argentina, gorras de la Bonaerense, pasamontañas y precintos plásticos. Cabrera asegura que la denunciante fue quien facilitó la entrada, entregando la casa de su suegra a cambio de un supuesto compromiso, aunque relata que mintió sobre la cantidad de dinero que había: “Nos dijo que había 150 mil dólares y 30 millones de pesos y no fue así. Incluso quería que nos lleváramos una camioneta. Creo que era para incriminar a su ex como el verdadero entregador”.
Pese a que la fiscalía le dictó prisión preventiva por robo y abuso sexual, Cabrera asegura haber manifestado su versión ante la justicia: “Nunca me hice cargo de un delito en mi vida, pero en este caso asumí la responsabilidad del robo para dejar en claro que el abuso es mentira. Me duele decir que una señora me entregó un trabajo, pero ella no tiene respeto ni por sí misma ni por los demás. Creo que deberían acusarla a ella”.
Cabrera rememora su infancia difícil: “Mamá, que era una mujer golpeada, tuvo cuatro hijos. Yo soy el menor y fui el único con ella. Los demás los dieron en adopción. No conocí a mi papá. Ella se enamoró de un hombre que nos golpeaba a los dos. A los ocho años recibí una paliza muy grande y me fui de mi casa. Me crié en la calle y en los trenes, aprendí a comer de la basura y fruta podrida”. Llorando, el delincuente describe cómo comenzó en el mundo del crimen: “Caí preso por robar dos porciones de pizza en Munro. No sabía leer ni escribir; aprendí en la cárcel a los 25 años”.
En referencia a una de sus fugas más emblemáticas, la que protagonizó en junio de 1998 desde la sala de abogados de Devoto, Cabrera explica que se trató de un plan cuidadosamente elaborado. Aclaró que la versión que había dado en 2000 sobre supuestos pagos a penitenciarios fue una mentira destinada a lograr su traslado desde la cárcel de Batán hacia otro lugar, donde planeaba fugarse con dos compañeros. Finalmente logró escapar del Departamento Central de la Policía Federal disfrazado y con una pistola 9 mm que tomó durante la fuga, todo un escándalo policial.
Durante ese episodio, Cabrera convivió con policías bonaerenses detenidos por el atentado a la AMIA, con quienes entabló relación. Aprovechó una oportunidad para planificar la fuga: “Les dije a los policías con los que estaba preso que jugábamos al truco con dos paraguayos. Tuvimos una palabra clave para parar el juego e irnos. Cuando llegó el momento, reduje a los policías y, al salir, me dirigí a la puerta principal donde un taxi me esperaba. Les dije ‘Buenas noches, señores’ y me contestaron igual. Me fui”.
Tras permanecer prófugo por un tiempo, fue recapturado en diciembre de 2000 en Bahía Blanca luego de robar un camión blindado y un banco. Allí vivía con una identidad falsa: “Me llamaba Leandro Novo, con documentos legales y todo”.
En una confesión sobre su vida carcelaria, Cabrera relata haber intentado dejarse ciego por un pacto desesperado: “Estaba en Ezeiza, mi mujer estaba por tener familia. Le pregunté si me iba a seguir queriendo si me quedaba ciego. Conseguí unas gotas y me las puse en los ojos, esperando que me llevaran al hospital para un rescate, pero me llevaron a otro lugar y quedé dos años ciego”.
Asimismo, recordó las torturas que sufrió de niño a manos del comisario Luis Abelardo Patti: “Tenía 12 o 13 años, nos torturaron durante tres días, nos mojaban, nos tapaban con trapos, nos pusieron de rodillas esposados y simularon que nos iba a matar”.
Actualmente Cabrera afirma que no está retirado: “Tengo 64 años, no estoy jubilado ni retirado. Tuve mucho, ahora no tengo nada, ni dónde vivir. Soy muy honesto conmigo: no tengo visitas ni a mis hijos que no vienen a verme
MADE ROCK SITIO OFICIAL!